a la sangre y son conducidas al hígado donde se
convierten en azúcar y vuelven a elevar los
niveles sanguíneos de glucosa, permitiendo al
cerebro sobrevivir sin el desayuno.
Paradójicamente, según Jakubowics
(ob.cit), un desayuno lleno de azúcares o harinas,
en vez de mantener estables los niveles de
glucosa, ocasiona una baja de azúcar o
Hipoglicemia Reactiva a media mañana. Después
de un desayuno lleno de azúcares como pan,
arepas, cachitos, galletas, mermelada, jugo de
naranja, refrescos, avena, café o té con azúcar,
dulces, se producirá una violenta elevación del
azúcar sanguíneo, que estimula la producción de
insulina y producirá una abrupta baja de azúcar,
unas dos horas después de haber terminado de
desayunar.
El cerebro sufrirá entonces los agravios
de una baja de azúcar provocada por la ingesta de
harinas o azúcares en el desayuno, tal como lo
señala Lucena (ob.cit). En esos momentos la
persona sentirá hambre, palpitaciones,
desfallecimiento, hormigueo en los labios, dolor
de cabeza, sudoración fría, mareo, visión turbia y
luego visión negra y puede llegar a desmayarse.
Evidentemente este tipo de desayuno debe
evitarse pues, la baja de azúcar que promueve es
aún mayor, que cuando no desayunamos nada.
Para Carrera (1995), los altibajos de
glucosa que produce un desayuno deficiente,
ponen en desventaja al cerebro que se ve
obligado durante las mañanas a poner en marcha
los sistemas de emergencia que destruirán los
músculos para convertirlos en glucosa. Entonces
80% del cerebro se dedica a poner en marcha
estos sistemas de supervivencia y sólo 20% se
dedica a poner atención, concentrarse, resolver
problemas y memorizar. Esto acarrea una fatiga
o agotamiento mental durante cada mañana y por
supuesto, aunque el niño no pierde la
inteligencia, sí está por debajo de su propia
capacidad.
En este orden Briceño (ob.cit), sostiene
que las proteínas de alta categoría pescado, pollo,
leche, queso, etc., cuando se consumen en la
mañana, se van convirtiendo en azúcar y
proporcionan estabilidad de los niveles de
glucosa sanguínea a lo largo del día: éstos son
primordiales para el funcionamiento cerebral,
sobre todo la memoria. Adicionalmente, las
proteínas aumentan la síntesis de nor-adrenalina
y dopamina cerebral, incrementando aún más la
capacidad de alerta y de concentración y la
memoria.
El aporte proteico de la mañana, también
evita que nuestros músculos, ligamentos
musculares y el colágeno de la piel sean
utilizados como desayuno o combustible para el
cerebro. Esto preserva lógicamente la capacidad
física y composición corporal además de la
eficiencia mental que un desayuno así nos
proporciona.