Tipo
de Publicación: ArtículoCientífico
Recibido: 30/05/2021
Aceptado: 04/06/2021
Autor: Wilfrido
Parra Aldazoro
Universidad
Nacional Experimental Simón Rodríguez (UNESR)
Profesor de Lengua Extranjera (UPEL-IPB)
Especialista en Gerencia de Recursos Humanos (UNESR)
Magister en Ciencias Administrativas (UNESR)
Aspirante a
Doctor en Ciencias Gerenciales y Administrativas (UCLA)
https://orcid.org/0000-0001-5505-9470
Lara -
Venezuela
Autor: Victoria Jiménez de
Najul
Universidad
Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA)
Ingeniero Agrónomo
Magister en gerencia
Agraria
Doctora en Ciencias
Gerenciales
https://orcid.org/0000-0002-3337-5437
Lara - Venezuela
GERENCIA PARTICIPATIVA PARA EL HACER DEMOCRÁTICO EN
EDUCACIÓN
Resumen
Mucho se ha dicho sobre el sagrado
derecho de la participación en el acontecer educativo de las naciones. No
obstante, pareciera que las acciones se alejan de los objetivos para
posibilitar esta premisa dentro de los entornos donde se desenvuelve el hacer educativo.
En tal sentido, se ha desarrollado este estudio procurando comprender las
razones que describen una realidad evidente dentro de organizaciones
educativas, donde la gerencia se ha dejado llevar por paradigmas que limitan el
cumplimiento de las premisas básicas y se han convertido en apéndices de los
entes que manipulan desde las altas esferas gubernamentales para hacer de ellas
un instrumento más de sus ideales políticos. Sabemos que
la política forma parte de los procedimientos democráticos donde la diplomacia
impone ciertos parámetros a dilucidar para el acuerdo de decisiones. No
obstante, presumimos que hay elementos discordantes que no contribuyen con la
esencia misma de la gestión de educar para la democracia y en democracia; pues
hemos visto acciones muy imperativas que hablan de costumbres ajenas a los
procesos implícitos en el hecho de educar y de gestionar la educación para el
hacer democrático. Aquí unas reflexiones que surgen de un proceso
investigativo basado en la herméneusis para comprender el fenómeno en estudio.
Palabras Clave: Gerencia participativa, hacer
democrático, educación.
PARTICIPATORY MANAGEMENT
FOR DEMOCRATIC MAKING IN EDUCATION
Abstract
Much has been said about the sacred right of participation in the educational development of nations. However, it seems that actions depart from the objectives to enable this premise within the environments where educational doing takes place. In this sense, this study has been developed seeking to understand the reasons that describe am obvious reality. within training organizations, where management has been carried away by paradigms that limit compliance with basic premises and have become appendices to entities that manipulate from the highest spheres of government to make them an instrument more of their political ideals. We know that politics is part of democratic procedures where diplomacy imposes certain parameters to be elucidated for the decision-making agreement. However, we presume that there are discordant elements that do not contribute to the very essence of the management of educating for democracy and democracy; because we have seen very imperative actions that speak of customs outside the processes implicit in educating and to manage education for democratic making. Here are some reflections that arise from a research process based on hermeneusis to understand the phenomenon under study.
Keywords: Participatory management, make democratic, education.
Hemos tomado un nuevo
rumbo en nuestras formas de hacer y sentir. Frente a nosotros, producto del reto
que representa la pandemia Covid-19 se configuran paradigmas o concepciones de
mundo que quizás nunca imaginamos afrontar. El entramado relacional de la
realidad contemporánea nos empuja literalmente a una obligada búsqueda de
adaptación a los estilos de vida emergente y nos ha convertido en sujetos de
obligatoria vanguardia para resolver y promover acciones concretas.
Lo anterior nos hace
reconocer que la ciencia vive profundas transformaciones ubicándola en una
nueva frontera. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la
Ciencia y la Cultura (UNESCO, 2017), la ciencia debe mutar de ciencia
cerrada a ciencia abierta. Y estos cambios pueden observarse en la posibilidad
que existe hoy de publicar resultados de investigación o contenidos informativos.
Esto deja atrás la tradicional idea de solo publicar artículos científicos,
propios de la ciencia cerrada. El piso de esta realidad, la gran plataforma
comunicacional conformada por las redes sociales que permiten el intercambio de
conocimiento e información con nuevos estándares para juzgar su validez y
calidad.
Este abrirse a la
pluralidad de resultados y formas de crear conocimiento va acompañado de una
creciente interdisciplinariedad. Se produce conocimiento para la sociedad con
la participación de esta. Situación que requiere mayores capacidades y
disposición a conocer la realidad con miras preferiblemente a transformarla. En
este complejo escenario tiene un papel protagónico la educación, pues desde su
seno emergerá la generación que mantenga y/o perfeccione la configuración y
anclaje de las situaciones en la realidad de una cultura para la vida en
democracia. En consecuencia, es necesario preguntarse ¿qué se hace para tal fin?
Por ello, al querer
dar respuestas a esta interrogante pensamos que conocer el acontecer en los
centros educativos se debe iniciar develando y comprendiendo lo que en estos
ocurre, desde su cabeza visible; el gerente educativo y su hacer en pro de la
democracia como forma de vida, piso en constante construcción y reconstrucción
resultado de las tensiones propias de la vida en sociedad. Más aun hoy, cuando la pandemia ha acelerado
procesos inextricables con un rumbo que pareciera incierto dentro de la
sociedad mundial, de la que no escapa la venezolana.
En atención a lo anterior, esta investigación se encuentra sustentada
en el enfoque hermenéutico, a partir de la definición de Ortiz y Lanceros
(2005), quienes exponen: que significa “interpretar, declarar, anunciar,
esclarecer y, por último, traducir, lo cual implica que alguna cosa es vuelta
comprensible o llevada a la comprensión” (p.3), y es así en este caso, en tanto
que nuestra intención se halla orientada a: dar sentido e interpretación a
hechos concretos relacionados con la gerencia
participativa para el hacer democrático en educación.
Iniciamos así este discurrir comprensivo e interpretativo destacando que la
problemática de la administración es de carácter universal, y ha sido objeto de
investigación y estudios, sobre todo en nuestra era, ya que esta constituye
todo un cuerpo de principios, temas, doctrinas, técnicas y, en general
conocimientos científicos sobre infinidad de aspectos hacia campos de la
planificación, dirección, organización, coordinación y motivación, como
aspectos básicos.
En tal sentido, la ciencia administrativa, y la gerencia según Hevia (2004)
son ciencias del ámbito social, ciencia social que no se centra solo en el
hecho administrativo, sino que procura integrar ideas, pensamientos, conductas
y esfuerzos hacia una meta común. Es así como una buena gerencia, dependerá de
su adecuada utilización y de su calidad donde, por ejemplo, pueda prosperar la
democracia bajo criterios de autoridad bien entendida, liderazgo y poder
administrativo compartido, factores que deberían caracterizar toda
administración sana. Y es que administrar para el mismo Hevia (Ob. Cit.) es,
entre otras cosas, dirigir, planificar, organizar, coordinar y motivar, por lo
que no se puede ver aislada la administración de esas tareas imbricadas a ella
o que se mueven de manera alterna alrededor de sus acciones.
Ahora bien, en el contexto educativo, incluimos consideraciones sobre la
democracia participativa, ya que, desde hace más de dos décadas la Constitución
ampara la inclusión en los diferentes ámbitos de desarrollo entre ellos, el
ámbito educativo. De tal manera, la Constitución de 1999 en sus artículos 6,
62, 70 y 141, principalmente, da fuerza y valor a la democracia participativa. Existen,
además, derechos reguladores del actuar humano que sustancialmente permiten al
ciudadano ser sujeto activo de las decisiones políticas para trascender la
concepción clásica de la mera representación.
Entendido así, desde
un punto de vista integrador de la evolución política sufrida por la
organización estatal, la cual se describe en papel, como democrática y social
de derecho y de justicia, que propugna como valores superiores de su
ordenamiento jurídico y su actuación, la vida, la libertad, la justicia, la
igualdad, la solidaridad, la democracia, la responsabilidad social y, en
general, la preeminencia de los derechos humanos, la ética y el pluralismo
político, surge como hecho preocupante la inquietud de observar que todo se
queda en el simple papel, sobre todo cuando la participación es exigida por
aquellos que no ostentan cargos significativos dentro de las organizaciones.
Esto es así porque la representatividad de la que tanto se
alardea, parece perder participación en los procedimientos de orden
institucional que se llevan a cabo dentro de los entes públicos donde, para todos
los ciudadanos es público y notorio que la toma de decisiones se ejecuta solo
desde un vértice de la pirámide y queda supeditada la participación de las
personas a las decisiones verticales, lo cual vendría a producir una suerte de
discriminación en la que quedarían excluidos los que, supuestamente, deberían
ser candidatos a las mejores opciones.
Lo anterior supuso la necesidad de una reflexión sobre el ser y el deber
ser que caracteriza la participación democrática de los sujetos que conforman
las organizaciones educativas y, en este caso específico, las dependientes
directamente del Ministerio Popular para la Educación o de las diferentes
Direcciones sectoriales donde, por la experiencia propia, se han podido
observar acciones gerenciales que desdicen de la participación democrática y
protagónica por parte de los empleados y alumnos, como por ejemplo, cuando se
decide prestar atención a actividades ajenas al quehacer educativo o se coarta
la posibilidad de obtener un beneficio colectivo por intereses de orden
personal o con tendencia política-partidista.
Si el texto
Constitucional, en el articulado señalado, establece que los derechos
individuales son transversalizados por la participación, es menester evitar el
abuso de estos en la lucha para la consecución de la igualdad real y efectiva
de todos los ciudadanos, solo así estaría evolucionando la sociedad hacia la
instrumentación de un cauce por el cual el pueblo participe en la toma de
decisiones políticas como complemento coadyuvante para construir una sociedad
justa y amante de la paz y no como, en nuestra percepción particular, se ha
pretendido hasta los actuales momentos, generando luchas y conflictos internos
por las diferencias ideológicas que persisten.
Ahora bien, con la participación ciudadana el constituyente
trasciende la concepción clásica de la mera representación y a través de un
proceso gradual, mediante el cual se integra a los ciudadanos en la toma de
decisiones, la fiscalización, el control y la ejecución de acciones en asuntos
públicos, les permite su pleno desarrollo como seres humanos para lograr unas
mejores condiciones en la vida de la sociedad. Por lo cual, es preciso que el
Estado fomente la creación de espacios para la efectividad de la participación
ciudadana, la cual representa un elemento para el control del poder, no un
contrapoder, lo que conlleva al desarrollo de la democracia.
Lo antes expuesto, permite considerar el planteamiento de
Bolaña y Pérez (2009), quienes conciben el papel de las organizaciones
educativas desde una perspectiva democrática que apunta a la integración crítica
de todos sus integrantes, y exponen que desde la legislación actual y teorías
pedagógicas hay que analizar cuál debería ser el papel de la escuela,
reflexionando sobre su realidad en función a: la democracia como proyecto
político, social y cultural.
De tal manera, la
Constitución venezolana otorga a todos los ciudadanos el derecho a participar
libremente en los asuntos públicos, reconoce que la participación del pueblo en
la formación, ejecución y control de la gestión pública es el medio necesario para
lograr su protagonismo y garantizar su completo desarrollo, tanto individual
como colectivo. Y es precisamente allí donde se nota la ausencia de
concordancia entre el articulado del Texto Constitucional y el que caracteriza
las realidades que afrontan las organizaciones dependientes del ejecutivo
nacional. Sobre todo, cuando surgen las situaciones en las que debe reinar la
igualdad de condiciones y el respeto a las normas preestablecidas en la
Constitución de 1999, la Ley de Educación, en su reforma y su Reglamento.
Lo anterior recae
directamente sobre la gestión gerencial de las organizaciones educativas, las
cuales, desde la perspectiva de la gerencia de talento humano, se encuentran
supeditadas a la línea gubernamental que emana del ejecutivo y en las cuales la
participación del gerente educativo se ve limitada, sobre todo en lo que
respecta a los procesos de toma de decisiones, procesos inherentes a la
gerencia y que tienen que ver con: planificación de personal, análisis y diseño
del trabajo, reclutamiento y selección, evaluación y revisión del desempeño y
administración de sueldos y salarios, porque, en nuestra opinión, las líneas
directrices bajan de manera vertical desde los ministerios y no queda opción de
apertura para hacerlo de otro modo.
Todos estos procesos
se hallan estrechamente ligados a la gerencia de recursos humanos de la cual
debería ser responsable el directivo de la institución pero, contrario a ello,
estimamos que las restricciones existentes en la reglamentación que emana de los
altos funcionarios del ejecutivo nacional se convierten en óbice para el
cumplimiento del Texto Constitucional que fuera señalado en un principio, de
una manera estrepitosamente incoherente, y entonces, la presumida participación
democrática estaría pasando a ser una indefectible limitación sin precedentes.
En este sentido se quiere insistir en los postulados que, sobre la
participación democrática y protagónica se hallan plasmados en el articulado
señalado al inicio, contenido en el texto Constitucional del 99, sin embargo,
cabe señalar que, a pesar de tener una connotación particular, se le da una
mayor preeminencia al aspecto político en el proceso de toma de decisiones, en
detrimento del factor social y el económico, lo cual estaría generando descontento
en todos los sectores del quehacer social y muy específicamente entre los
profesionales de la docencia, por lo que se estaría desvirtuando la misión y
visión para las cuales han sido creadas las organizaciones educativas de las
diversas modalidades de estudio en el país.
Esta percepción es una realidad que afrontan las organizaciones educativas
donde los que hacemos vida profesional dentro de ellas, nos encontramos atados
de mano ante las circunstancias que caracterizan los procesos decisorios y
donde, en la mayoría de los casos, vemos perdidos todos los esfuerzos que
pudieran hacer prosperar la ética profesional, los méritos, la participación
democrática justa y equitativa, por lo que no hemos de alarmarnos cuando
alguien nos comenta, sin contemplaciones científicas o racionales, sobre una
realidad que está al alcance de la mano y que se aprecia a simple vista.
Además, son supuestos que buscan ser explicados en esta investigación y
que, finalmente, son los que conducirán a afirmar o negar los supuestos que
presentamos como conductas hipotéticas Así vistas las cosas, se cita a Ayala
(2005) quien expone que
…el Sistema Educativo adquiere a la vez
un valor crítico y estratégico de la calidad de su acción, actualización y
desarrollo de las capacidades humanas dependiendo, en gran medida, del acceso
definitivo a la modernidad y el afianzamiento de la democracia como medio de
vida (p.21).
Y es por esa razón por
la cual consideramos que el sistema educativo podrá jugar un papel estratégico,
cuando pueda superar restricciones de toda índole, parte de las cuales radican
en el ámbito de lo institucional y en sus deficiencias en materia de
organización y gestión, sobre todo si se consideran las continuas violaciones a
los contenidos legales establecidos como pautas de funcionamiento de las
instituciones educativas.
Lo anterior hace
reflexionar y reconocer que hay quienes entienden por gestión gerencial, el
manejo de recursos y, al tratar la gestión educativa dan prioridad en dicho
manejo a las personas, es decir a los docentes, pero también hay quienes, al
enfocar la gestión educativa como manejo de recursos, dan prioridad a la
asignación de recursos financieros. Y también hay quienes postulan que para la
transformación de la Gerencia Educativa es necesario superar la concepción
pedagógica de la educación.
Ahora bien, ante estas
tendencias, es sano considerar que la educación, como sistema debería
organizarse cual entidad productiva y dirigirse al logro de óptimos resultados
en la combinación de los factores de la producción, pero para ello, debería
además desarrollar el uso del conocimiento, el cultivo de actitudes
interpersonales de convivencia equitativa, al tener como eje de la acción
educativa el aprendizaje y no la enseñanza, es decir el de promover la
construcción del propio aprendizaje, donde el pensamiento crítico se convierta
en bandera.
Asimismo, la gestión
gerencial educativa en el marco de la gerencia de recursos humanos, debe
procurar la creación y dirección de una planificación hacia el futuro,
construyendo las condiciones para alcanzar un periodo posterior en condiciones
inmejorables, de manera que se encamine hacia la creación de las condiciones
óptimas para ese futuro educativo proyectado.
Que se seleccione a
las personas capaces para realizarlo y merecedoras, por sus alcances académicos
y su desempeño (Directivos, docentes, y administrativos), que se programen y
ejecuten acciones para concretar y solucionar los problemas que lo
obstaculizan, Finalmente, generar y saber administrar los recursos, para contar
con las personas ideales y realizar las acciones necesarias para alcanzar los
objetivos.
En ese sentido, no se
puede echar a un lado la misión de la educación, la cual, para Bolaños y Pérez
(Ob. Cit.) siempre ha sido la de formar seres capaces de vida política que
deliberen en público sobre lo que es común, favoreciendo la construcción de las
condiciones que posibilitan ese espacio político. Esta misión se cumple
efectivamente solo a través de la participación del talento humano de la
organización.
En este orden de
ideas, coincidimos con Giroux (1983) en que:
…las instituciones educativas deben ser
pensadas como esferas públicas de ciudadanos capaces de brindar a los alumnos y
docentes la oportunidad de desarrollar la capacidad crítica de cuestionar y
transformar las formas sociales y políticas existentes, debemos entonces
desarrollar prácticas impregnadas por el diálogo, por el intercambio abierto de
ideas, para dar la posibilidad a los estudiantes y docentes de que se apropien
de la escuela, del conocimiento y puedan cuestionarlos (p. 11).
Asimismo y siguiendo
esta línea de pensamiento, traemos a la palestra discursiva los postulados de
Blanco (2006), quien sostiene que la educación es una actividad jurídica, en la
que la igualdad implica sostener que ningún sujeto esté imposibilitado de la
palabra, ni inhabilitado, en el territorio de lo común, y en ese sentido es
necesario entenderla como co-responsable de la inscripción de cada sujeto en el
socius, definiendo este término como
el lugar en el cual se desarrolla como persona y como profesional.
Por lo antes expuesto,
es que se ha querido considerar los razonamientos de Migdalia (2008), quien
expone que las formas de participación que se han desarrollado en este mundo
adulto-céntrico han sido diversas y desorganizadas, pero son formas de
expresión de sus deseos y realidad, de sus subjetividades por lo que es
necesario escucharlas, integrarlas y desarrollar estrategias pedagógicas y
políticas que permitan educar en la participación. Generar la habilidad de
construir con otro u otra lo que queremos ser, sin perder la subjetividad, pero
con capacidad de autonomía y organización para lograr tener espacios de poder.
Desde esta
perspectiva, consideramos que las instituciones educativas, como lugar de
encuentro de todos, independientemente de donde vengamos y a pesar del lugar
que ocupemos, adulto-adolescente, educador-educando, tiene que convertirse en
el espacio, por excelencia, de construcción democrática en la diversidad con y
para la igualdad, lo que se logra, si y solo sí a través de la participación.
No obstante, los
cambios que se han venido generando en estos últimos tiempos, reflejan una
política totalmente ajena a las instituciones educativas, lo que las convierte
en un lugar de conflicto y les impide generar espacios de participación real
que hagan posible escuchar todas las voces para crear juntos.
La exigencia es
entonces, según Perazza, (2008) “repolitizar la escuela, hacerla protagonista
del debate sobre el modelo de ciudadano y de sociedad que se desea construir,
la conformación de sujetos políticos” (p. 32). Lo cual, aun cuando implica
incorporar el conflicto, la diversidad y autonomía, involucra también
“transformarla en un espacio que enfrente a todos los actores de la educación,
con lo diferente, con lo opuesto, con lo desconocido para construir algo en
común” (p. 32).
Si estamos de acuerdo
que, dentro del paradigma democrático, educar consiste en formar al ciudadano,
prepararlo para la vida política en aras del bien común y dar a cada uno la
posibilidad de recibir conocimientos y capacidades para que puedan llevar
adelante sus propios proyectos de vida, y convenimos que el espacio natural y
privilegiado de llevar todo esto a cabo es la escuela, debe preocuparnos que en
los hechos comprobemos lo contrario pues según el mismo Peraza (Ob. Cit.), un
lugar donde se excluye, se limita, se coarta la libre expresión se convierte en
un factor más de injusticia social que de integración. Por ello creemos que la
mirada debe centrarse en la participación e integración de todos en la escuela,
como un primer paso para posibilitar el cumplimiento del articulado
constitucional de 1999, relativo a la temática.
La Gerencia Participativa en Educación
Gallo (1999), un estudioso del ámbito educativo en el hermano país de
Argentina, concibe que:
…la
gestión directiva se basa en la utilización de la autoridad conferida y en la
actitud de servicio que conlleva para conseguir resultados relacionados con los
objetivos institucionales, contando con el trabajo productivo de sus
colaboradores. Esto requiere, según el autor citado, contar con la
participación de las personas idóneas en el momento oportuno y esta
participación exige: a) Competencia profesional. b) Un grado de participación
de cada miembro del equipo, acorde con su capacidad de responsabilizarse de las
consecuencias de esa participación, para fortalecer los objetivos
institucionales o las áreas en las cuales participe (p. 6).
En este contexto, es por lo que se
considera que, el ejercicio de la gestión directiva incluye dar respuesta a
cuestiones relativas a las relaciones interpersonales, tal como la
participación que tiene cada persona y el grado en que participa activamente en
la toma de decisiones. Asimismo, el directivo debe tener muy en cuenta, según
el mismo Gallo (Ob. Cit.) el entorno en el que influye, y el que puede influir
en la escuela, por lo que necesita estar atento a la legislación que le puede
afectar, al comportamiento de los organismos del Estado y a las instituciones y
cultura en general de la sociedad en cuanto estén influyendo sobre los miembros
de la organización.
En consecuencia, asumimos la
consideración del autor anterior y afirmamos que una institución necesita para
su funcionamiento óptimo, de la coherencia entre el Ideario y el Proyecto
educativo, donde el ideario conforma la identidad organizacional, superando los
personalismos o las circunstancias particulares, lo cual constituiría, en
cierta medida el marco doctrinal, por así llamarlo y por otra parte, el
proyecto educativo, aportaría las herramientas para hacer prácticos esos
principios definidos en el ideario. Tanto el ideario como el proyecto deben ser
elaborados por todos los miembros de la comunidad, utilizando la metodología de
“aprender-haciendo”, sobre la cual está basada la filosofía de la institución
en estudio.
De tal manera que el
ideario deberá contener elementos tales como: la definición de los valores, las
ideas básicas y orientadoras en los planos de las personas, la sociedad, la
educación, la cultura; los valores a transmitir, que deben ser coherentes con
las ideas básicas y la valoración de la comunidad como expresión humana
integradora.
Asimismo, el proyecto
deberá estar basado en el análisis de la realidad circundante, la justificación
de la acción, las estructuras de participación y los lineamientos normativos,
entre otros, los cuales asegurarán una visión integradora no excluyente. Todo
esto puede ser logrado en el marco de una gestión donde se asuma la
participación como condición insustituible para el logro de las metas.
Participación Democrática y Pluralismo en la Gestión
Educativa
Para
Cullen (2004), existe una percepción sobre la formación de ciudadanía
democrática participativa que encaja muy bien en el contexto de este estudio y
es por eso que citamos su expresión cuando expone que:
…la
formación de una ciudadanía democrática participativa supone la formación de un
sujeto social pluralista, capaz de respetar diferencias, dirimir conflictos en
el marco de la ley y la justicia social, dialogar con razones buscando
consensos y respetando los disensos fundados. Bajo tal percepción, el
pluralismo debe ser visto entonces como una condición de participación, pero
también como producto del ejercicio de la ciudadanía como participación
democrática (p.38).
Lo que plantea el autor en su
percepción no es la mera tolerancia sino la posibilidad de compartir proyectos
comunes con quienes piensan o sienten diferente, por lo que correspondería al
Estado, según Albujas y Duarte (2000), “asegurar la imparcialidad y
objetividad, así como la igualdad y el respeto de la dignidad de las personas,
ajenos a las conveniencias del poder, ya sean económicas, sociales o políticas”
(p.9). Parece importante en este momento insistir o recalcar la coexistencia de
este tipo de valores pues nos encamina hacia el análisis de las dificultades
que surgen entre el Ser y el Deber ser de la participación en las
organizaciones.
En definitiva, para Albujas y
Duarte, (Ob. Cit.), la construcción de un ámbito público realmente democrático
dentro de las organizaciones del Estado, definido por las múltiples e
interdependientes instancias de deliberación y toma de decisiones y, orientado
por los imperativos de la acción política, no solo la vertical hacia abajo,
sino también hacia arriba y la horizontal, debe asumir como una de sus líneas
maestras de acción, la formación de los ciudadanos como sujetos moralmente
autónomos, solidarios, críticos, capaces de mantener su autodeterminación ante
cualquier circunstancia.
Tal vez así se pueda lograr que la
participación de la ciudadanía, en la construcción de su destino, sea
instrumentada por medios como el diálogo, la libre negociación, el respeto y
consideración de los disensos entre ciudadanos con conciencia crítica de sus
deberes y derechos para consigo mismos y para la comunidad.
Es obvio, según Albujas y Duarte (Ob.
Cit.) que será necesario vencer la enconada resistencia de la élite
usufructuaria del poder y de los burócratas del pensamiento y de la acción y,
sobre todo, hacer frente a la estructura mágica y hegemónica de la cosmovisión
liberal que ha permitido la interposición de brechas significativas en todos
los sectores de la sociedad.
Con esto, se culmina esta sustentación
teórica al respecto y se cita a Rubio (1992) mencionado en Albujas y Duarte (Ob.
Cit.), cuya expresión denota la añorada búsqueda por la que las instituciones
educativas, bajo la rectoría o gerencia de sus directivos, puedan alcanzar un
grado de autonomía tal que les permita, al menos, responder a su ideario, a su
proyecto, a la razón de su existencia, sobre la base legal que supone la
participación democrática en toda su extensión.
…la
democracia, entendida a la vez como forma de vida y como sistema político es un
ideal a construir mediante la participación exigente y responsable de
ciudadanos competentes e imparciales; los cuales, a su vez, son también el
producto de la aplicación continuada y seria de la metodología constructivista,
que previene las corruptelas oligárquicas y las relaciones privilegiadas
(p.166).
La cita hace
referencia a la autonomía que supone la participación en el marco de un sistema
educativo caracterizado por ser extensión de los ideales democráticos previstos
en los ideales constitucionales, lo cual constituye condición sine qua non para
la construcción de un ideario educativo que responda fielmente a la realidad
circundante de las instituciones educativas.
La Coopetencia como Estrategia para
la Adecuada Gerencia educativa
El término de
coopetencia según Nalebuff y Brandenburger, citado por Sánchez, (2008) se le
atribuye a Ray Noorda, fundador de Novell, compañía de software para el intercambio
de información computarizada, quien expresó que uno tiene que competir y
cooperar al mismo tiempo. Esta combinación da como resultado una relación más
dinámica de lo que aisladamente significan las palabras de competencia y
cooperación. En este contexto, hemos querido tomar en consideración dicho
término por cuanto admite que, en el entorno educativo, es menester la búsqueda
de alternativas conducentes a alcanzar el éxito organizacional sin afectar el
bienestar del otro.
En ese contexto empresarial, se
plantea que la coopetencia es la fusión
entre los términos cooperación y competencia, que sustituye la cadena de valor
clásica lineal e individual de las empresas por una red de valor entre los
participantes. Es y se convierte, entonces, en la colaboración entre
competidores. Y es que, en el entorno educativo todos somos competidores, pero
deberíamos manejarnos como individuos solidarios por una meta común y, como
quiera que la idea y la intención se orienta a la búsqueda de opciones
incluyentes en el manejo de la gestión directiva y en desde la perspectiva de
la gestión de talento humano, nada mejor que esto para lograrlo.
Por otra parte, el
mismo Sánchez (Ob. Cit.), expone que la vida social del ser humano es una
sucesión de actos de cooperación y competencia que se alternan y concurren en
cualquier momento de la existencia. Asimismo, ocurre con las organizaciones,
con los negocios, las empresas, de lo cual no escapan las instituciones
educativas y, mucho menos si se pretende adecuarlas a las exigencias que surgen
de los avances científicos, sociales, culturales y económicos que han
caracterizado el devenir mundial en las últimas dos décadas.
Gestión
Gerencial para el Éxito de las Organizaciones Educativas
La gestión gerencial en las
organizaciones, generalmente se había orientado siempre a atender lo relativo a
la productividad de las mismas en razón de sus productos, considerando estos
últimos como cualquier valor material que surgiera de los procesos llevados a
cabo para su producción y mercado. Sin embargo, las organizaciones educativas,
se habían mantenido al margen de esta concepción, por cuanto no generarían
producto alguno aprovechable para comercializar y mucho menos vender. No
obstante, nos atrevemos a producir una nueva conceptualización en la cual, se
asuman las instituciones educativas como organizaciones, pues son generadoras
de talento humano: un producto invaluable.
Esta noción conduce a ver la
gestión gerencial como un proceso o arte de anticipar y gerenciar
participativamente el cambio, con el propósito de crear permanentemente,
estrategias que permitan la consecución de los objetivos y metas
organizacionales y, esto sólo es posible cuando logramos hacer que todos los
miembros de la organización se sientan identificados con la cultura y la
filosofía organizacional a través de su participación activa. Es por esta razón
que creemos imprescindible un gerente con disposición de aprender y desaprender
pues es lo que facilita la apertura hacia una nueva forma de ver las cosas y la
posibilidad de asumir los cambios que demanda el entorno.
De tal manera pues, la gestión
gerencial no se circunscribe solamente a organizaciones de productos materiales
y servicios, sino a toda empresa que se quiera mantener en el tiempo y, mucho
más aún cuando sabemos que las empresas u organizaciones no se pueden conservar
sin la presencia y acción de un talento humano que aporta valores, posee
méritos y proporciona a la empresa ese hilo de vida que le asegura su permanencia,
pues sus acciones están orientadas a la consecución de los objetivos y metas
prefijadas que garantizan el éxito de las mismas.
Así pues, la gestión gerencial en
las organizaciones educativas supone un estricto apego a la planificación, como
acción que permita prever situaciones y asegurar el cómo y cuándo de los
procedimientos a seguir para el logro satisfactorio de los objetivos y metas,
lo cual exige además el estudio minucioso de la realidad interna de la
organización que demanda cambios de conductas ante situaciones surgidas del
devenir de las acciones y procesos llevados a cabo diariamente. Esto a su vez,
elimina cualquier posibilidad de improvisación que pudiera afectar las
intenciones perseguidas y asegura la flexibilidad de la gestión ante las eventualidades.
De igual manera, la gestión
gerencial de la organización debe asumir la necesidad o urgencia de una actitud
individual que responda a las necesidades y exigencias de un colectivo, donde
la acción se caracterice por una conducta ética determinada por la sensatez de
reconocer los esfuerzos y valores mostrados por las personas para contribuir al
logro de los objetivos. Por esta razón, el gerente de la organización educativa
no puede permitirse el tupé de anteponer prejuicios ni manejar discursos que
desdigan de su gestión por razones ajenas al rol que desempeña, mucho menos
debe obviar los contenidos legales reglamentarios que asisten a sus
trabajadores.
Por otra parte, la gestión
gerencial tendrá que procurar procesos decisorios consensuados haciendo que
todos y cada uno de los miembros se involucren en las discusiones que anteceden
la aplicación o ejecución de planes y proyectos, de manera que haya una
absoluta identidad de las personas involucradas con los propósitos perseguidos.
Por tal razón, la imposición de criterios, amenazas y represalias deben ser
ajenas a cualquier gestión que encamina sus acciones de acuerdo con las
situaciones y entornos en las que se desarrolla.
Asimismo, la gestión gerencial
exige la adopción de una conducta humilde y asertiva ya que esto asegura la
disponibilidad de saber escuchar, aceptar sugerencias, aprovechar y generar
oportunidades, multiplicar alternativas, desaprender conductas que hayan
probado no ser las más idóneas, reconocer la otredad desde la mismidad.
Y, finalmente, sin que el término
cierre las posibilidades de admitir otras consideraciones, la gestión gerencial
debe valorar los méritos de todos y cada uno de los miembros que conforman su staff de personal pues esto asegura la
democracia participativa en el ámbito de la organización donde las relaciones
se dan en concordancia con una filosofía organizacional, unos valores y unos
principios que hacen impenetrable cualquier intento de negación de los mismos.
Es la democracia participativa la que asegura el manejo racional de los
conflictos a la luz de la filosofía que rige el accionar de la organización.
Lo antes expuesto hace generar y
considerar una serie de reflexiones que contribuyen a afianzar los argumentos
acá expuestos y que, seguramente invitan a profundizar más en relación con los
logros alcanzados.
Repensar la participación
democrática en educación
Para que se produzca una visión
amplia de la “participación democrática en educación” implica aceptar que, la
educación no se limita a la educación escolar, ni los aprendizajes necesarios
para la vida, para el trabajo, para la participación, para la ciudadanía plena
pueden limitarse a un período determinado de la vida de una persona.
El aprendizaje se inicia con el
nacimiento y se extiende a lo largo de toda la vida, arranca en el hogar,
antecede y excede a la institución escolar, abarcando un amplio conjunto de
instituciones, modalidades, relaciones y prácticas. La educación, la comunidad
educativa y la política educativa son mucho más amplias, respectivamente, que
la educación escolar, la comunidad escolar y la política escolar.
La participación, para convertirse
en instrumento de desarrollo, empoderamiento y equidad social, debe ser
significativa y auténtica, involucrar a todos los actores, diferenciando pero
sincronizando sus roles, y darse en los diversos ámbitos y dimensiones de lo
educativo: desde el aula de clase hasta la política educativa, dentro de la
educación escolar y también de la extra-escolar, en los aspectos
administrativos y además en los relacionados con la enseñanza y el aprendizaje,
a nivel local así como a nivel nacional y global.
Esto implica el estudio, la
definición y puesta en marcha de una estrategia de participación social
superpuesta dentro de la propia política educativa, y ella misma acordada
participativamente, a fin de delimitar con claridad roles y responsabilidades
de cada uno de los actores y asegurar las condiciones y los mecanismos para
hacer efectiva dicha participación.
Así concebida, la participación
ciudadana en las decisiones y acciones de la educación no es un lujo o una
opción: es condición indispensable para sostener, desarrollar y transformar la
educación en las direcciones deseadas. Es un imperativo no sólo
político-democrático el derecho ciudadano a la información, a la consulta y a
la iniciativa, a la transparencia en la gestión de lo público, sino de
relevancia, eficacia y sustentabilidad de las acciones emprendidas.
Porque la educación y el cambio
educativo involucran a personas y pasan, por ende, por los saberes, el
razonamiento, la subjetividad, las pautas culturales, las expectativas, la
voluntad de cambio y el propio cambio de personas concretas; lo que se
ahorra en tiempo, en recursos, en
complicaciones, al pasar a las personas y sus organizaciones por alto, se paga
en inadecuación de las ideas propuestas a las realidades y posibilidades
concretas, en incomprensión, resistencia o, peor aún, apatía, de quienes están
llamados a apropiarse del asunto y a
hacer que sea efectivo. Afirmar esto ya no requiere respaldarse en citas y en
estudios, porque, si el sentido común no bastara, ha pasado a incorporarse ya
al acervo de grandes lecciones aprendidas en los procesos de reforma educativa
a nivel mundial y en esta región específicamente.
Las recomendaciones del Banco
Mundial, pese a la acepción imperialista que lo prejuzga, en relación con la
participación ciudadana en la educación deberían ser consideradas para alcanzar
verdaderos niveles de participación y satisfacción tanto en profesores como
estudiantes y miembros de las comunidades educativas, lo cual contribuiría
enormemente en los logros educativos y administrativos de cada institución, así
como las recomendaciones para la reforma educativa en los países en desarrollo.
No obstante,
tradicionalmente la noción y la práctica de la participación en educación han
sido muy limitadas, persistiendo una fuerte delimitación de ámbitos, relaciones
y roles. Hermetismo y autoritarismo han caracterizado tanto a la institución
escolar como al sistema escolar, la política educativa y la cooperación
internacional en el terreno educativo.
Participación
Ciudadana y Educación
A su vez, el tema de la
participación se ha centrado tradicionalmente en torno a la institución
escolar, más que en el sistema escolar y su reforma, o en el ámbito más amplio
de la política educativa, y a dos espacios: uno interno el aula, y otro
externo, como es la comunidad.
Curiosamente, la institución
escolar como tal se mantuvo durante mucho tiempo como una caja negra, poco
analizada en sus pautas, sus relaciones y su dinámica internas, y en esa medida
ajena al tema mismo de la participación. Hoy, empieza apenas a reconocerse la
complejidad de la micro política institucional de la escuela, cruzada por una
lucha de poder y una lucha cultural entre alumnos, docentes, administradores y
padres de familia, tanto por el significado de la educación y de la escuela
como por los recursos y los espacios.
En ausencia de esta comprensión, la
institución y la comunidad escolar aparecen como meros repositorios de
directrices, y su falta de aplicación como problema de comprensión y de
ejecución de lo normado (Anderson 1999).
En el campo educativo, la
participación ciudadana entendida como toma de decisiones o control es más bien
excepcional, tanto a nivel micro como macro. La noción más extendida de
participación es la que la asocia a acceso, asistencia o uso del servicio
educativo (de hecho, así está categorizado este indicador en muchos glosarios
internacionales). Priman las comprensiones instrumentales (participar como
ejecutar o gestionar un plan o una acción definidos por terceros) y
contributivas (participar como dar: dinero, trabajo, tiempo, respuestas
correctas, entre otros) del término.
A nivel de la institución escolar,
predomina la participación nominal (docentes, alumnos, padres y comunidad). En
el plano de la política y la reforma educativa operan todos estos niveles, con
variaciones importantes entre actores y entre países, y se observa una
tendencia cada vez mayor a la información y la consulta ciudadana amplia (Torres
y Tenti 2000).
Así, la participación (en la
escuela, en el programa no-formal, en la gran reforma) se abre con mayor
facilidad hacia los aspectos administrativos. Currículo y pedagogía (el qué y
el cómo se enseña, el qué y cómo se aprende) son palabras mayores, y se
mantienen reservadas como ámbitos de especialistas, expertos en el nivel macro
y docentes en el nivel de la escuela y el aula de clase. Tampoco los docentes
tienen acceso a las grandes definiciones curriculares y pedagógicas que emanan
de la administración central. El propio lenguaje en el que están presentados
estos documentos y propuestas inhibe por lo general, antes que alienta, la
participación ciudadana.
En cuanto a las fases del proceso,
en el nivel micro (escolar) el diagnóstico aparece como una esfera pasible y
necesitada de participación, particularmente para la detección de necesidades y
para la apropiación inicial del plan o el proyecto. El diagnóstico comunitario
ha sido incorporado desde hace tiempo a diversos sectores y actividades,
incluido el sector educativo, en muchos países y programas. Los Proyectos
Educativos Institucionales planteados para la institución escolar en los
últimos años cuentan asimismo con un componente de diagnóstico, abierto por lo
general a la participación de los padres de familia y la comunidad. Las restantes
fases del proceso: planificación, diseño, ejecución, seguimiento,
sistematización, evaluación, interpretación, control y uso de los resultados,
escapan por lo general a la participación e incluso a la información de quienes
participan en el diagnóstico.
A nivel macro, el de la política
educativa, todo el proceso se mantiene fuertemente concentrado en la
administración central, con creciente peso de las agencias internacionales, las
cuales elaboran además sus propios diagnósticos de país. Dichos diagnósticos
eran hasta hace poco de circulación restringida, pero cada vez más están siendo
accesibles a través de las páginas web.
Sólo en muy pocos casos llegan a
hacerse evaluaciones integrales de los procesos de reforma, y/o de los
proyectos financiados por la banca internacional, entre otros. Dado el continuo
recambio de autoridades y de planes y el sesgo idealista político que ha
privado en las decisiones de estos dos últimos decenios, dichas evaluaciones,
en todo caso, no llegan a hacerse públicas.
La participación, para que se dé,
requiere ciertas condiciones. Suelen destacarse como requisitos de una
participación auténtica y efectiva:
1.
Empatía
y credibilidad básicas: quienes participan requieren confiar en la honestidad
de quien convoca a la participación, comprender y valorar el sentido y el
impacto de su participación, y ver los resultados.
2.
Información:
para participar se requiere información básica de aquello que es tema u objeto
de la participación, así como de los mecanismos y reglas del juego de dicha
participación.
3.
Comunicación:
participación requiere diálogo, capacidad de ambos lados para escuchar y
aprender.
4.
Condiciones,
reglas y mecanismos claros: no bastan las buenas intenciones, es indispensable
asegurar las condiciones (materiales, institucionales, de tiempo, espacio,
entre otros) para facilitar la participación no como un fin sino como un medio
para un fin, evitando que ésta se convierta en una carga, en una fuente
adicional de tensiones o en un ejercicio inútil (Anderson 1999).
5.
Asociatividad:
la participación debe tener en cuenta y
potenciar, antes que negar, la experiencia asociativa de las personas y los
grupos involucrados.
Reflexiones finales
Es indudable que en los últimos
años se ha producido un cambio sustancial en las condiciones en que las organizaciones,
en general, han tenido que desenvolverse. Es por ello que las bases de la
gestión gerencial directiva han tenido que evolucionar en la mayoría de las
organizaciones para adecuarse a esta nueva situación que exige desaprender una
serie de conductas y hacernos todo oído de las exigencias que demanda el
entorno global continuamente cambiante.
Fruto de esta reorientación surge
el factor trabajo como recurso estratégico fundamental, y la participación como
una de sus claves, convirtiéndose en centro de atención de los actuales
paradigmas de la administración empresarial. Es decir, todas las empresas son,
o tienden a ser, organizaciones participativas. Inclusive las instituciones
educativas. Esta inclusión la hacemos de manera incisiva, dado que la
orientación de este estudio atiende al sector educativo como eje central del
mismo, no obstante, vamos a generalizar, insistentemente, en esta concepción,
considerando que las instituciones educativas constituyen organizaciones.
En este sentido, las sociedades
educativas no deben considerarse ajenas a estas tendencias. Antes, al
contrario, son empresas cuyo ideario les hace o debe hacer alcanzar un status
cualitativamente superior: se trata de organizaciones de participación
democrática, donde la acción del talento humano ejerce tan igual o mayor
importancia que en las organizaciones empresariales de productos o servicios,
pues así como en estas últimas se generan beneficios tangibles aprovechables
para el consumo, en las primeras se genera, como producto, el talento humano
especializado en diversas áreas del conocimiento, como es el caso de las
escuelas técnicas comerciales, por ejemplo y, por qué no, las universidades e
institutos de formación técnica.
Aunque la Administración, como concepto y como proceso integrado por una serie de funciones, sigue vigente, su orientación y contenido, las formas y estilos de administrar, han evolucionado para adecuarse a nuevas situaciones. Ya lo anunciaba Francis Bacon, según Farringhton (1991): "Quien no aplica nuevos remedios debe esperar nuevos males, pues el mayor innovador es el tiempo". Y es que la libertad del hombre solo es posible por medio del conocimiento del orden del mundo natural y es lo que lo ha hecho evolucionar.
Por esto que la organización
educativa que ha constituido el centro de atención para este estudio ha sido
llamada para incorporarse a un nuevo paradigma de gerencia, en el cual se deben
romper los paradigmas antiguos de sumisión a la praxis impuesta para dar paso a
la adecuación de los procesos a las exigencias del entorno y las circunstancias
políticas, culturales y sociales que caracterizan los procesos educativos de la
década.
El dinamismo del entorno exige, en
la misma medida, un esfuerzo de adaptación por parte de quienes dirigen las
organizaciones, que deben trasladar esos cambios externos al ámbito interno de
la planificación, la organización, la dirección del talento humano y el
control. En tal sentido, la gestión gerencial directiva no puede permanecer
inmutable en un contexto en el que, la única constante es la aceleración del
cambio. Las crisis suelen ser consecuencia de esa inadaptación, y sólo con
grandes dosis de flexibilidad en todos los órdenes, podrá lograrse esa
necesaria sintonía empresa-entorno que haga posible la supervivencia y el
desarrollo.
Hay que aceptar el cambio como algo
natural, y para ello es fundamental la aplicación de una actitud y un
pensamiento estratégico pues cualquier empresa cuyo interés por el pasado o por
el presente sea mayor que su interés por el futuro corre el riesgo de quedarse
rezagada. Esta es la mentalidad que exige el mundo actual. Y así como lo exponen
Naisbitt y Aburdene (2008) más que reinventar la empresa, hay que reinventar su
gestión.
Esta reorientación en la forma de
dirigir las organizaciones empresariales no es sino una respuesta a las nuevas
condiciones ambientales. La empresa de nuestros días se está viendo afectada
por las innovaciones tecnológicas, por cambios en la vida familiar y laboral,
por cambios demográficos y en los valores y hábitos sociales, así como por una
competencia creciente, fruto de la globalización de las relaciones económicas.
Surgen nuevas actividades y
desaparecen otras; se reconfiguran las estructuras organizativas hacia nuevas
formas de tipo virtual, fractal o de geometría variable; se demandan nuevos
perfiles profesionales, que rápidamente deben ser reciclados para adaptarse al
continuo avance tecnológico; se exige aprender a desaprender; cada vez se necesita
menos mano de obra y más cerebro de obra. Todo ello está derivando hacia la
primacía de un nuevo recurso productivo básico: el conocimiento, el saber, que
ha hecho descubrir a la empresa capitalista que el factor trabajo es más
importante que el factor capital humano.
Ahora bien, esta preeminencia de la
componente humana de la gestión directiva, calificada como factor estratégico
número uno y clave de la excelencia empresarial, abre paso a una visión más
humanista en la administración y gerencia de las organizaciones, que otorga
gran protagonismo a aspectos tales como la motivación, el liderazgo, el
reconocimiento y aceptación del otro, la apertura, sin olvidar la
participación, a la que se recurre para lograr un mayor grado de compromiso con
la empresa, para incrementar la calidad y la productividad, para estimular la
capacidad creativa e innovadora de los individuos y canalizar de manera
horizontal toda la riqueza de ideas que, sin duda hay en cualquier
organización. En efecto, tanto la economía como la psicología social han dado
razones para una participación laboral creciente en la toma de decisiones de
las organizaciones.
Se necesitan, pues, directivos
socialmente sensibles, que confíen en las personas y apuesten por ellas, que
asuman la gerencia como un paradigma más extendido que también se define por su
carácter participativo, al integrar en el mismo a toda la organización y es así
porque las más modernas tendencias en materia de Gestión de la Calidad Total se
fundamentan, precisamente, en la participación y, a su vez en la implicación y
compromiso de los individuos para aumentar su nivel de satisfacción, lograr un
mejor ejercicio y, en definitiva, mejores resultados para la organización.
Es evidente la necesidad de un
directivo participativo (no autocrático), que solicite de sus miembros, sus
opiniones, que los escucha antes de tomar una decisión, pero en definitiva sea
él quien propicie las situaciones de aprendizaje, de manera que se promueva una
constante de vanguardia en el seno de la organización con respecto a las
innovaciones y tendencias que surgen en el marco global de desarrollo
organizacional.
Las instituciones educativas
deberían ser algo más que organizaciones participativas: deben convertirse en
organizaciones de participación democrática, pues participación y democracia
forman parte del acervo idiosincrático e irrenunciable del sistema educativo de
cualquier país, como señas de la procura de individuos que disfruten de una
educación democrática fundamentada en el respeto a todas las corrientes del
pensamiento, con la finalidad de desarrollar el potencial creativo de cada ser
humano y el pleno ejercicio de su personalidad, según lo previsto en el
Artículo 102 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.
Pero, además como ya se ha
indicado, en un contexto en el que el dinamismo alcanza la categoría de
turbulencia, las empresas se ven avocadas a un proceso permanente de
aprendizaje y desaprendizaje, por lo que: hay que aprender a cambiar. En esta
última expresión se recogen los dos principales retos del momento: el cambio y
el aprendizaje, aunque sin este no es posible aquél. Ahora bien, ¿no es la
participación una forma de aprendizaje? ¿No es la participación una condición
primordial para que haya un verdadero aprendizaje? Participar supone compartir
experiencias, resolver problemas en cooperación con los demás, trabajar juntos,
en equipos polivalentes, capaces de generar un aprendizaje recíproco de gran
valor para avanzar en la mejora continua.
Incluso, más allá de
la participación estaría la dirección por consenso, que se ubica dentro de los
rasgos culturales a asumir por la empresa actual, donde los conflictos deben
ser abordados desde un enfoque positivo, constructivo, de solución de los
problemas, y no desde el enfrentamiento. Frente a la confrontación yo gano, tu
pierde; el abandonismo yo pierdo, tú ganas; el pasotismo perdemos los dos, está
la concertación, la cooperación ganamos los dos. En muchos casos esto no es una
utopía, si se piensa que en el consenso encontraremos más ventajas que en el
disenso, por lo que el llamado está en alcanzar relaciones de ganar/ganar.
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