Tipo de Publicación: Ponencia
Recibido: 01/10/2020
Aceptado: 20/10/2020
Autor: Germán
Vargas Guillén
Filósofo
Magíster
en Filosofía Latinoamericana
Doctor en
Educación
Universidad
Pedagógica Nacional
Bogotá –
Colombia
https://orcid.org/0000-0001-6156-799X
E-mail: gevargas@pedagogica.edu.co
NUESTRO
MUNDO DE LA VIDA: FENOMENOLOGÍA DE UNA PANDEMIA.
LA
PANDEMIA Y LA VULNERABILIDAD DE LOS MIGRANTES
Esta
ponencia reflexiona sobre la coyuntura actual de nuestro mundo de la vida, a
saber, la pandemia. El hilo conductor es la vulnerabilidad de los migrantes que
han llegado a Colombia —un suelo extraño— y se tienen que enfrentar con la
actual crisis sanitaria provocada por el COVID-19. La atención se centra en
aquellos migrantes venezolanos que reclaman con su rostro el ser escuchados por
los demás, al mismo tiempo en quienes dependen o buscan la humanidad de los otros;
en consecuencia, quienes son negados en su ser y su
quehacer. La descripción que se realiza de ellos está orientada por los
principios metodológicos de la fenomenología. Esta última no es una orientación
a la moralización o al enjuiciamiento político, más bien los análisis
presentados se dirigen a descubrir las estructuras esenciales de lo oculto bajo
lo que se ve como natural o sobreentendido.
Palabras
Clave: Detrascendentalización, migración,
fragilidad, fenomenologizar, ética.
Our World of Life: Phenomenology of a pandemic.
The pandemic and the vulnerability of migrants
This presentation reflects on the current situation in
our world of life, that is, the pandemic. The common thread is the
vulnerability of the migrants who have arrived in Colombia —a strange soil— and
must face the current health crisis caused by COVID-19. The attention is on
those Venezuelan migrants who claim with their faces to be heard by others, at
the same time on those who depend on or seek the humanity of others;
consequently, those who are denied in their being and their work. The
description that is made of them is guided by the methodological principles of
phenomenology. The latter is not an orientation to moralization or political
judgment, rather the analyzes presented are aimed at discovering the essential
structures of the occult under what is seen as natural or understood.
Keywords: Detranscendentalization, migration, fragility,
phenomenologize, ethics.
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El príncipe vive una vida
feliz; ignora que hay sufrimiento en el mundo, ya que le ocultan la vejez, la
enfermedad y la muerte. El día predestinado sale en su carroza por una de las
cuatro puertas del palacio rectangular. Digamos, por la puerta del Norte.
Recorre un trecho y ve un ser distinto de todos los que ha visto. Está
encorvado, arrugado, no tiene pelo. Apenas puede caminar, apoyándose en un
bastón. Pregunta quién es ese hombre, si es que es un hombre. El cochero le
contesta que es un anciano y que todos seremos ese hombre si seguimos
viviendo. El príncipe vuelve al
palacio, perturbado. Al cabo de seis días vuelve a salir por la puerta del
Sur. Ve en una zanja a un hombre aún más extraño, con la blancura de la lepra
y el rostro demacrado. Pregunta quién es ese hombre, si es que es un hombre.
Es un enfermo, le contesta el cochero; todos seremos ese hombre si seguimos
viviendo. El príncipe, ya muy inquieto,
vuelve al palacio. Seis días más tarde sale nuevamente y ve a un hombre que
parece dormido, pero cuyo color no es el de esta vida. A ese hombre lo llevan
otros. Pregunta quién es. El cochero le dice que es un muerto y que todos
seremos ese muerto si vivimos lo suficiente. El príncipe está desolado.
Tres horribles verdades le han sido reveladas: la verdad de la vejez, la
verdad de la enfermedad, la verdad de la muerte. Sale una cuarta vez. Ve a un
hombre casi desnudo, cuyo rostro está lleno de serenidad. Pregunta quién es.
Le dicen que es un asceta, un hombre que ha renunciado a todo y que ha
logrado la beatitud. El príncipe resuelve
abandonar todo; él, que ha llevado una vida tan rica. El budismo cree que el
ascetismo puede convenir, pero después de haber probado la vida. No se cree
que nadie deba empezar negándose nada. Hay que apurar la vida hasta las heces
y luego desengañarse de ella; pero no sin conocimiento de ella. (Borges,
1989. p. 245) |
(…) el
conflicto (…) no puede traer consigo la resolución de poner al hombre en su
lugar propio; no puede resolver el que esté perdido, que vague sin rumbo,
fuera de sí mismo y del lugar que le pertenece. Esta errancia queda
expresada (…) en el moderno desterramiento [besdomovost], en el no tener morada. (…) la vida humana permanece
sin morada. La morada se comprende cada vez más como un abrigo, un refugio:
como un lugar donde el hombre pasa la noche para poder ir al día siguiente al
trabajo, donde deposita los frutos de su trabajo y donde lleva una «vida
familiar» que existe cada vez menos. El hecho de que el hombre, a diferencia
de los demás seres vivos, habite, more —porque no está en su casa en el
mundo, porque está como saliendo de él, rebasándolo; y porque, justamente
debido a ello, tiene una misión arraigada en pasados profundos que no habrán
pasado mientras estén vivos en el mundo— es algo que desaparece al
confrontarse con la moderna movilidad, voluntaria y forzosa, de estos
gigantescos desplazamientos de naciones que alcanzan a casi todos los
continentes. (…) el mayor desterramiento se da en relación con la naturaleza
y con nosotros mismos.
(Patočka, 2016. p. 130) |
Si
algo ha traído consigo la pandemia es la vivencia de la vulnerabilidad. No es
que antes de ella no la experimentáramos. Siempre ha sido el rostro
verdadero, que no sólo muestra o pone ante nosotros la evidencia de la
mortalidad. En muchos sentidos, como en el célebre paseo del príncipe que
llegara a ser el Buda: la pandemia nos hace más visible la vejez, la
enfermedad, la pobreza y la muerte. Esto que vemos, que aparece o se nos
manifiesta, en y con la vulnerabilidad no sólo son objetos [Gegenständen] que se abren paso a nuestro encuentro —mueren conocidos,
famosos; pero igualmente se enferman y mueren amigos, familiares más y menos
cercanos—; con estos objetos a su vez devienen temas [Sujet, Objekt] que se nos
aparecen en tonalidades o estados de ánimo [Stimmungen,
Gemüts] que varían, como una suerte de colorido a lo largo de
los días de confinamiento: el desconcierto, la incertidumbre, la incredulidad,
el temor, la desesperanza, la angustia, la desesperación, etc.
No
estamos en el frente —como lo describe Patočka, siguiendo tanto a Jünger como a
Teilhard de Chardin (2016, p. 140)—, pero como si estuviéramos en él: vemos
caer o somos informados que han caído los próximos, los lejanos: con igual
sevicia. Lo que nos muestra la pandemia “es espantoso”, “es la vivencia del
sinsentido y lo insoportable del horror”, en fin, “es lo absurdo” (p. 141).
Sólo que ahora estas vivencias no se asocian a la guerra, pero igualmente están
en los linderos de la fuerza. En la pandemia, al poco andar se manifiesta, con
su cambiante rostro, la evidencia de la corrupción como esencia del
capitalismo; se hace presente tanto el bio como el Psico-control que manipula
con el miedo y, en su nombre, se coartan como nunca las libertades civiles.
Pero, igualmente, hacen presencia: la solidaridad, la crítica, las narrativas
en pro de nuevas posibilidades de sentido como reverso del miedo, como
respuesta al absurdo, en fin, como un alzarse y un conmoverse ante esto que nos
sobrevino como especie humana.
Aquí
es donde y como se sitúa la vulnerabilidad. Ésta nos descubre, una vez más, la
mortalidad, la fragilidad, la contingencia de nuestra vida. Y, con este
descubrimiento, en analogon, también
se muestra la vulnerabilidad de los otros —próximos y lejanos—: familiares,
amigos, colegas, conciudadanos, pares en la vida profesional, etc. Somos,
¿quién lo duda?, vulnerables: todos los otros, y nosotros. Pero ¿quiénes los
son más? Los que todavía tenemos, por ejemplo, nuestro padre vivo, sabemos que
ya, a sus noventa años, ha pasado por muchas pruebas y nos preguntamos
si sobrevivirá a esta nueva, en marcha; a esta amenaza que ronda su puerta, que
le ha impedido despedirse de sus amigos en la honra funeraria.
La
vulnerabilidad nos descubre, a nosotros mismos, en primera persona, que
nuestros planes y nuestras expectativas no tienen suelo firme. Nos preguntamos
si volveremos a ver a personas que amamos y que no están en nuestro mismo lugar
de confinamiento; si habrá, si es que lo hay, regreso a eso que antes
contaba como el haz de nuestras habitualidades, que, por brevedad, ahora hemos
visto que se alejó, y que llamábamos normalidad. Con resignación,
empezamos a hablar de una nueva normalidad: una suerte de eufemismo para
decir que no sabemos nada, de nada.
En
esa nueva normalidad con el tono del fatalismo suponemos que nada
volverá a ser igual; en su reverso asumimos que hemos aprendido a
encontrarnos y compartir en redes, en entornos virtuales; que hemos abierto un
nuevo espacio donde la quietud del confinamiento contrasta con el vértigo de la
comunicación: salas virtuales de clase con igual o más asistencia que en aquellos
tiempos; eventos que eran cerrados y dirigidos a poblaciones circunscritas,
en lugares remotos, a los que ahora también acuden nuestros estudiantes; un
tiempo de inmovilidad que contrasta con la velocidad y el vértigo de los
intercambios en tiempo real.
Sin
más, la vulnerabilidad no sólo refiere nuestra mortalidad, fragilidad y
contingencia. La vulnerabilidad es la pérdida de certezas en las que se había
instalado nuestra vida como un haz de habitualidades; y, por el contrario, es
la evidencia de no saber, a ciencia cierta, qué viene ahora, qué va a quedar de
esto, cómo será y cuándo salimos de esto.
Esta
vulnerabilidad nos descubre como primera persona de esta hecatombe, de este
desastre, de esta fractura en nuestro mundo cotidiano. No bien podemos
reflexionar sobre nuestra vida, sobre nuestro mundo de la vida. Y, sin embargo,
la fenomenología hace, desde siempre, exigencias de y desde la reflexión
trascendental: ¿qué es en sí misma la vulnerabilidad?, ¿cuáles son sus
estructuras invariantes?, ¿quiénes son los más vulnerables?, ¿por qué algunas
personas son las más vulnerables?, ¿cómo hemos de sobrellevar y solidarizarnos
con los más vulnerables?
Si
la fenomenología es, en sí, una ética, puesto que en su estructura se encuentra
la intencionalidad como responsabilidad (Hoyos, 1976; 2012), entonces la
reflexión sobre la pandemia, en este, nuestro mundo de la vida exige volver la
atención a la vulnerabilidad. Aunque ésta tiene sus visos o escorzos
que bien se pueden calificar de patéticos, lo que exige la reflexión es
verla como cosa misma, en su sentido
—así ésta también se muestre en y como sinsentido—,
en la pluralidad de perspectivas en que se nos ofrece, con los horizontes que
cierra (antigua normalidad) y que abre (la nueva normalidad,
la normalidad posible).
Seguro,
al cabo, aprenderemos a vivir con el coronavirus como con tantas otras amenazas
que circundan nuestra existencia; entre tanto, se exige que la reflexión se
centre en la vulnerabilidad ante la cual nos ha puesto, en frente, como un
e incluso como el frente.
La
voz vulnerabilidad se ha convertido
en un estribillo de los gobiernos y de los sectores políticos. Sobre todo con
ocasión de la pandemia. Bajo su égida se ha confinado a la población. Los
viejos —con eufemismos tales como adultos
mayores, o, minimizando su ser y su quehacer los abuelitos— se volvieron sujetos de medidas inmediatas, con unas
restricciones a sus libertades que no habían conocido en todas sus vidas. La
base de la que se valieron los dirigentes y los administradores fueron las
estadísticas. El criterio de probabilidad empezó a imperar sobre el de
autonomía. Con el mismo expediente los empleados del Estado con salarios
superiores $2.500 tuvieron una tasa impositiva más, bajo las medidas de
urgencia. El gobierno, así pareciera inicialmente una metida de pata la
opinión de Agamben (2020), se deslizaron a actuar exclusivamente bajo medidas
tomadas al amparo de un Estado de Excepción. En Colombia, el presidente habló
de su gestión y responsabilidad como papá gobierno que cuidaría a todos
y cada uno de los ciudadanos.
El
confinamiento empezó con una fuerza y base policiva que no se conocía en los
grandes centros urbanos. En el municipio donde habito, en un día de mi práctica
deportiva, una caravana de 4 camperos de doble tracción y una camioneta con
luces de emergencia me pararon en medio de la práctica para indicarme que el
confinamiento también cubría las veredas y los caminos vecinales. Con claras
indicaciones de las consecuencias económicas y penales si no se atendía de
inmediato la medida.
En
un comienzo todo nos parecía una exageración. Poco a poco empezamos a ver que
sí se trataba de una pandemia —con o sin doctrina de conspiración de por
medio—; al poco andar, sin que termine de cuajar el uso de la expresión, se
empieza a ventilar que se trata de una endemia:
tenemos que aprender a vivir con el virus, no habrá vacuna en menos
de un año, el virus muta y tiene, al menos, dos rebrotes, debemos
prepararnos para mucho más de un año de confinamiento.
En
la vida universitaria nos vimos ante hechos que pusieron más de presente el
drama de la población estudiantil —del profesorado y sus circunstancias— se
hace, mutatis mutandis caso omiso o
silencio deliberado. Los jóvenes de las universidades públicas colombianas no
tuvieron ni tienen con qué pagar la matrícula (Matrícula cero, ahora es una conquista del movimiento estudiantil
colombiano, en esta crisis), se vieron en inmensas necesidades económicas,
perdieron sus trabajos, no contaban con dispositivos o red para el acceso a las
actividades.
En
el orden planetario el negacionismo de E.E.U.U, Brasil y México, asociado a
medidas basadas en hipótesis de comportamiento del virus en poblaciones del
Reino Unido, mostraron que la alerta no era en vano y que cualquier descuido
pasaba, eo ipso, cuenta de cobro. Los
que parecían invulnerables también se empezaron a mostrar sujetos de la amenaza.
Desde
ciertas perspectivas, históricamente en la cultura occidental, la
vulnerabilidad había empezado a ser una categoría: política, social, económica,
y, en condiciones que es preciso esclarecer, filosófica. Fueron calificados, en
un comienzo, como vulnerables los niños, las mujeres y los ancianos. Ya en el
proceso de rescate en el naufragio del Titanic, en 1912, fueron ésos los que
había que ubicar primero. Así, más tarde, se deriva de la promulgación de
Derechos Humanos de 1948 y de los sucesivos complementos de y a ésta.
Filosóficamente parecen haber sido recogidas las formas de la vulnerabilidad en
las figuras del huérfano, la viuda, el extranjero, el pobre. Apareció como un
reclamo ético.
No
es obvio que la vulnerabilidad se comporte como una entidad, que pueda establecerse una jerarquía más o menos definitiva con relación a ella. Antes bien,
se expresa en su plasticidad, en su mutación, de una situación a otra, de una
población a otra. Es un hecho, la mayor expresión de la vulnerabilidad se concentra
en quienes no tienen la posibilidad de reclamar justicia, quienes no pueden
narrar su drama, en fin, entre quienes sólo son sujetos de la reivindicación de
su ser, en tal situación, a partir de la acción de un tercero —sean los
ciudadanos, las organizaciones, los gobiernos, los estados, etc.—. Así, pues,
en una situación como la que trajo consigo la pandemia, comparativamente, la
que en Colombia se ha llamado la rebelión
de las canas, ciudadanos que han podido ejercer el reclamo y tutelar sus
derechos, son menos vulnerables que las personas sujetos del maltrato
intrafamiliar o los desempleados y los migrantes, en fin, personas que no
pueden hacer audible su reclamo, sea porque se carece del derecho para hacerlo,
sea porque se ha acallado su voz o invisibilizado su presencia.
Nuestra
atención se dirigirá a estos últimos. No porque las otras poblaciones no
requieran una tematización fenomenológica; antes bien, y sólo debido a ello,
porque hemos hecho una aproximación al asunto, a lo largo del último trienio.
Nuestro interés emergió a partir del Taller convocado por Rosemary Rizo-Patrón,
en el Perú, en 2018. Se conmemoró entonces la vida y obra de Lester Embree. Si
algo nos legó Embree fue la detrascendentalización de la fenomenología, esto
es, una vocación por las cosas mismas,
más que por los textos canónicos de la disciplina. He comentado que, en mi
opinión, dos temas que habrían sido muy caros a Lester, de los tratados en el
taller, fueron la fenomenología de la migración y la fenomenología de los sueños.
Uno y otro, se puede decir, emergentes en el campo, por un lado; y, por otro,
renovadores en el tipo de investigaciones fenomenológicas en la región.
Desde
entonces hemos dado tres pasos, este es el cuarto. Uno enfocado a ver
condiciones de posibilidad de una fenomenología de la migración, que incluyó un
Taller de Descripción fenomenológica (2019), cuyo resultado fue un libro
editado con Enrique Muñoz (2019); y la colaboración en un número de la Revista Veritas (Vargas, 2020) con un Dossier sobre el tema.
I
La
pandemia nos ha puesto ante la evidencia, universal o al menos planetaria, de
que esta especie humana es contingente, que toda su experiencia se asienta
sobre la incertidumbre. La vulnerabilidad, mutatis
mutandis, es la evidencia de que somos susceptibles de recibir daño por la
acción de los otros; la evidencia de que nos pueden herir; es decir, que no
podemos sobrevivir sin la hospitalidad, sin la compasión de los otros. Es, en
fin, un estado de dependencia.
Fue
Levinas quien nos lo puso de presente (2011, p. 50).
Ahora bien, la ética acaso consiste en “proteger la vulnerabilidad (…), sin
erradicarla” (Butler, 2006, p. 327). Esto implica volver sobre ella como
estructura del reconocimiento (p. 213). Es, en fin, la “base para nuestra
aprehensión de lo común” (p. 46); es una “condición (…) primaria” que emerge de
la relación o del “contacto con el otro” (p. 44). Esta doctrina es derivada de
la pasividad más pasiva, de la que habla Levinas.
“Desde
la perspectiva fenomenológica, la vulnerabilidad no sólo es un resultado de la
opresión social y política. También describe una estructura de la subjetividad.
Es una «condición trascendental, un punto de apertura y plasticidad que hace
posible la transformación» (cita a Gilson, The
Ethics of Vulnerability). La vulnerabilidad es un sentido relacional que
siempre es nuestra relación y enlace con los otros mismos, en su vulnerabilidad
y precariedad” (Boublil, 2018, p. 185). En este sentido, no comporta una carga
negativa; es, en su positividad la faz de la responsabilidad en la que, en
efecto, los otros tienen que hacerse cargo de uno; pero, igualmente, uno tiene
que hacerse cargo de los otros.
La
tesis que se desarrolla en esta investigación es que un extremo de la
manifestación de la vulnerabilidad —desde luego, no es el único; acaso tampoco
sea el más inhumano; aunque, de suyo, es una figura del despojo de la dignidad—
se encuentra en la situación del migrante. Hay matices que van desde el éxodo
hasta la migración; que se pueden ver, à
la Levinas, en el extranjero; o, en la historia política contemporánea
latinoamericana, colombiana, en el desplazamiento forzado —por causas de la
violencia política y económica—; o, en centro y media Europa, en la experiencia
de los inmigrantes.
Es
visible cómo, pese a que Husserl fue un asimilado a la situación alemana
—social, económica, política; académica, intelectual, cultural—, en rigor sus
investigaciones no recaen sobre las figuras del éxodo, de la inmigración, o,
del exilio. No obstante, aquí y allá, en su obra, encontramos alusiones al
suelo [Boden] como un hogar propio [Heimat], a las figuras del extraño [Fremd] que no sólo tiene connotaciones
relativas a la constitución de sí mismo, sino también en relación con la
intersubjetividad, con consecuencias en cualquier comprensión de las
personalidades de orden superior, de las relaciones sociales y las políticas,
en el orden de la ética. Esto es lo que hace posible una serie de desarrollos
tanto en la perspectiva de Levinas como en la de Schütz y Waldenfels.
II
Al
comienzo fueron mujeres y hombres que, vagamente, aparecían en las noticias.
Surcaban, y cruzaban, las fronteras. El drama poco a poco se fue dando a
conocer. Pasaban a la intemperie, escasos de comida y ropa, el Páramo Berlín a
3.200 metros sobre el nivel del mar. Luego estuvieron en las terminales
de transporte. Poco a poco, por ejemplo, fueron ingresando a las ciudades:
limosneros en los semáforos, domiciliarios en bicicletas, peluqueros, meseros en
los restaurantes, y otros oficios, en Bogotá empezaron a estar cubiertos por
venezolanos.
Al
poco pasar el tiempo las noticias empezaron a asociarlos con la delincuencia:
reductos de las guerrillas o asaltos. Se empezó a construir el imaginario del
venezolano como enemigo, como amenaza. Entonces hubo necesidad de hacer un alto
en el camino y comenzar la reflexión fenomenológica. Se hizo imperativo
diferenciar la migración y el éxodo, el primero implica haber llegado a un
suelo extraño; el segundo estar en tránsito de abandono del lugar de residencia
y hallarse en medio del camino, de la trashumancia.
Bien
que mal, pese a la propaganda sórdida, se fue dando una nueva normalidad.
Sí. En relación con el habla bogotana —como la llamara Rufino José Cuervo—, la
entonación caribe de los venezolanos, su tez, fueron marcas que hicieron
evidente su presencia. Pero los datos dieron cuenta de la circulación e
instalación de ellos no sólo por toda la geografía nacional, sino por todo el
continente. Cuando estuvimos en el Coloquio Latinoamericano de Fenomenología en
Buenos Aires (19 al 21 de octubre de 2016), encontramos meseras venezolanas en
Puerto Madero.
Aquí
no más, en Cachipay (Cundinamarca, Colombia), con unos 10.000 habitantes, se ha
llegado a contar con ca. 800 venezolanos,
migrantes. Se han insertado a labores del campo, a la atención o asistencia en
los puestos de la plaza de mercado, a los servicios de meseros. No es extraño
que se hayan acoplado aquí, antigua tierra de los Panches que, al parecer,
provenían de la familia lingüística Caribe —al menos es lo que refiere Fray
Pedro Simón, aunque entrelaza la lengua de aquéllos con la de los Pijaos—; no
se sabe con exactitud si los Panches provenían de la meseta de Matto Grosso, en
Brasil; o, fueron nativos de la Guayana en las islas del Caribe, al norte de
Venezuela. Se considera válida la hipótesis de que ingresaron a Colombia desde
territorio venezolano, por el valle del Orinoco, vía la serranía del Perijá,
hasta hacerse a la ruta del valle del Magdalena en las zonas de Cundinamarca y
Tolima, desde los siglos IX a XIV d.C., en confrontación bélica con los ramales
de la familia Chibcha.
Aquí
la tierra reverdece todo el año. El día pasa por lapsos de sol veraniego,
niebla fría, lluvias ligeras o torrenciales. La comida abunda. A la vera del
camino se pueden recoger, del mismo suelo, abundancia de guayabas, mangos,
aguacates, naranjas, mandarinas. Como en el poema de Luis Carlos González, este
suelo es como un beso apasionado del Señor sobre la tierra.
Aquí
también llegaron migrantes los venezolanos del éxodo contemporáneo. Y se
instalaron. Anduvieron en grupos, de tres, de cuatro personas. Mujeres y
hombres, con niños, buscando trabajo o tras la labor, del día de jornada.
Cachipay les dio cobijo, alimento, trabajo. Empezaron a ser parte de la
cotidianidad del municipio, tanto en la zona urbana como rural. Incluso
introdujeron variantes gastronómicas, por no decir lingüísticas y dialectales;
en fin, al menos se puede decir que hubo indicios de acogida y, en algunos
sentidos, de reconocimiento. Algunas veces se les alcanzó a ver con rostro
sonriente, de buen humor, haciendo chanzas. Tal vez faltaba mucho para que
ellos sintieran este terruño como propio; para que, en verdad, fueran sujetos
de reconocimiento. Pero sobrevino la pandemia.
Los
pronósticos más optimistas, hasta finales de 2019, conjeturaban que del
desplazamiento masivo de venezolanos a Colombia sólo regresaría entre el 20 y
30%, algún día, a su país. En medio de la pandemia no se cuenta con datos
exactos. Lo que se conjetura es que, en este municipio, no hay ahora más de 80.
Han dejado de ser parte de la cotidianidad, de la geografía humana.
Esta
tierra, que desde los Panches tiene todo para ser morada de los Caribe, que
permite que se entrecrucen Chibchas, Pijaos, Quimbayas, Ebéjicos, y, en
especial, la variedad de las mezclas del mestizaje con estos pueblos y las
diversas colonizaciones, fue remanso para acoger a los venezolanos. Como se
vinieron, se fueron. Es cierto que la pandemia, y en especial el confinamiento,
a todos nos ha hecho experimentar la vulnerabilidad: finitud, incertidumbre,
inseguridad; pero quizás la peor parte la han llevado, en este contexto, los
venezolanos.
III
Un
punto relativo al método es relevante, una vez más, ponerlo de manifiesto: la
fenomenología implica el recurso a la descripción, en primera persona. Entonces, ¿qué puede decir quien no es sujeto de
esta vulnerabilidad, como migrante? Desde luego, con independencia de la
posición que se tenga en el mundo social de la vida, sin excepción, todos los
seres humanos somos vulnerables. En mayor o menor medida, en diversas
circunstancias. Las ironías de la vida, aquellas que describe Rorty (1989), son
el soporte de cualquier idea de la solidaridad; desde luego, esas ironías están
asociadas, podemos verlo fenomenológicamente, a la contingencia.
El
punto del método es que, en primera persona, la contingencia de nuestra
existencia y, más exactamente aquello que nos hace vulnerables, es el pivote
sobre el cual se asienta, en analogon,
la posibilidad de la comprensión de la vulnerabilidad de los otros; y,
consecuentemente, la compasión. No tiene que ser una situación que haga las
veces de causa; antes bien, es un sentido o una experiencia que puede
ser relativa a otro circunmundo de la vida, a una de las esferas de éste.
La
pandemia, hasta donde se puede decir, en cuanto fenómeno universal, o al menos
planetario, pone una situación común y, sin embargo, se vive diferencialmente.
Ahora sabemos que los obesos y los diabéticos son más vulnerables al COVID-19;
antes nos habían dicho que lo eran quienes hubieran padecido enfermedades
respiratorias; también cayeron en esas calificaciones de riesgo las personas
viejas y, progresivamente, los profesionales de la salud. También sabemos que
los niños y los jóvenes no son inmunes. Pero ¿cómo viven y afrontan el riesgo
las mujeres en embarazo? ¿Qué pasa con las personas que tienen condiciones de
mayor soledad, en tiempos de pandemia? ¿Cómo es la situación de los que pierden
el empleo por causa de las medidas a las que ha llevado el confinamiento?
En
este mismo orden de preguntas es que se interpela por la situación de los
migrantes, en tiempos de pandemia y de situación de restricciones a la libre
movilización, amparada en el confinamiento. El tejido social poco a poco fue
integrando a los venezolanos, migrantes en Colombia; pero ¿qué posibilidades
tienen de que se les reconozca sus derechos en la pandemia, durante el
confinamiento?
Los
viejos, como ya se dijo, fueron coto de caza para las medidas legales, pero —al
menos en Colombia— por medios legales como la tutela de sus derechos, dieron
curso a la que ellos mismos llamaron la rebelión
de las canas. Desde su postura inane el gobierno, que perdió ante el
reclamo de los viejos, sigue insistiendo en que buscará una demanda de la
tutela. Entre tanto, los viejos han salido airosos en la defensa de la majestad
de su autonomía. Poder demandar por derechos no es el caso de los migrantes: vulnerables ante todo y por todos,
tienen que limitarse al amparo de las personas, quedan inermes ante la acción
—y, principalmente, ante la inacción— del Estado. Si antes no tenían acceso a
derechos: se les subpagaba en los puestos de trabajo, sin servicios de salud,
con extremadas limitaciones en su acceso a la educación, con prácticamente nulo
disfrute de la recreación y el deporte, sin vivienda digna; ahora, en tiempo de
pandemia y de confinamiento, parece que sólo les queda despejada la vía para el
regreso, en cierto modo forzado, a su país y locación de origen.
Metodológicamente
no puedo describir en primera persona cómo vive el venezolano, en Colombia,
esta pandemia; intropáticamente debo reducir su experiencia a mi esfera de
propiedad (Husserl, 1979, p. 155). O, ¿qué otras posibilidades metodológicas se
pueden dar? Rorty consideraba que el relato del drama de las víctimas tendría
que ser narrado por el periodista, el etnógrafo y el novelista. Sin duda, éstos
pueden mostrar una faceta relevante del fenómeno de la vulnerabilidad, y de su
fenomenología. No obstante, la exigencia de la fenomenología, en su
radicalidad, implica que se opera una restitución del habla, del lenguaje, a
las víctimas —si se ha concretado alguna de las amenazas que los situaba en
condición de vulnerabilidad— y a los vulnerables. Si la fenomenología es un
método que aspira a ir a las cosas mismas no es para destituir o despojar del
habla a los vulnerables, sino un proceso en el que los vulnerables no sólo
tematicen qué los sitúa en esa condición, describan las variantes de la misma,
y, hallen horizontes de lo invariante de esa condición que abre mundo o
condiciones de posibilidad de la realización de la existencia, en medio de lo
contingente y como punto de partida para llevar a cabo una reestructuración de
la experiencia sui en medio de la
relación con los otros.
IV
Sí
se puede pensar que la vulnerabilidad es tanto un estado emocional como un
proceso existencial —subjetivo, intersubjetivo; psicológico, social—. En este
último sentido, se enlaza con la angustia o la pérdida de sentido, pero
igualmente con el miedo, la desolación, la tristeza, la melancolía. Y, sin
embargo, aunque puede tener tratamiento, la cosa misma es cómo enfrentar
la comprensión de esta estructura
trascendental —como la llama, en clave fenomenológica— Gilson (2014).
A
fin de cuentas, sí se vale tanto el desarrollo de un tejido social que soporte
los migrantes, que aparezcan las terapias para su apoyo; pero lo que se quiere
comprender aquí son las dimensiones éticas, esto es, las que hacen referencia a
las normas trascendentales que hacen del migrante una figura del otro, que
reclama e induce a lo alto o abstracto del comportamiento ético.
Lo
que se puede observar es que en el campo de la experiencia propia también
vivimos, en primera persona, la vulnerabilidad. La vivimos en diferentes
situaciones y grados. En muchos casos, ni siquiera la notamos; de niños nos
prodigaron tales cuidados que no supimos cuán precarios éramos. En cierto modo,
la vulnerabilidad se vive, en muchos casos, sin que tengamos plena conciencia
de que la estamos experimentando. Otra cosa, en cambio, es cuando la
racionalizamos; esto es, cuando el pensamiento, activamente, nos permite
explicitarla e incluso cuando podemos hacer predicados acerca de ella.
En
muchos sentidos, el ideal de la autonomía —en las formas la autorreflexión, y,
en especial, de la autodeterminación— se convierte en una experiencia
subjetiva, personal; este ideal se lleva a cabo como una manera de hacer frente
a la vulnerabilidad. Cosa distinta es cuando este mismo ideal se vive desde las
formas del saber distribuido o el aprendizaje cooperativo, y, de la
codeterminación. Si en algo es preciso retrotraer a Aristóteles, de sus
planteamientos en la Política, es en
que vivimos en sociedad porque no podemos cubrir, por nosotros mismos, todas
nuestras necesidades.
La
vulnerabilidad es un ámbito de apertura esencial al otro. Éste es, sin más, condición de posibilidad para cada uno. La
vulnerabilidad es, a su turno, apertura a la comprensión de la
intersubjetividad, en especial, en sus dimensiones ética, social y política; es
la radicalidad de ser con los otros.
Así, pues, en y por la vulnerabilidad el otro hace presencia ante nosotros; y,
nosotros hacemos presencia ante los otros. En unos casos esa presencia es la
del que padece; en otros casos, es la de quien propicia el padecimiento. Acaso
una suerte de justo medio es la de
quien se compromete con la restitución de los derechos vulnerados; tanto como
de quien acepta el don y la generosidad de quien se compromete con los
vulnerados en su restitución y con los vulnerables en su protección.
Nuestra
atención se ha dirigido a la vulnerabilidad de los migrantes venezolanos en el
contexto de la pandemia, pero nos ha puesto en evidencia —como una variante de
la vulnerabilidad misma— que los más vulnerables en todos los casos —y, en ese
sentido, lo invariantemente; su esencia— son quienes no pueden reclamar sus
derechos, quienes no pueden alzar su voz para buscar la protección, quienes dependen
de la compasión de los otros, en fin, quienes son negados en su ser y su
quehacer —o quienes pueden llegar a ser negados en esa radicalidad—.
Que
un derecho como el reconquistado con la rebelión
de las canas sea restituido, no implica eo
ipso que pueda ser ejercido; pero que un derecho ni siquiera pueda ser
reclamado, que no se pueda protestar, alzar la voz, marchar por su defensa:
implica la negación de la persona humana misma, de su dignidad, de su ser en el
mundo. Esta es, en su darse trascendental, la esencia de la vulnerabilidad; es,
en fin, una demanda y un reclamo tácitos.
Si
la fenomenología no se orienta —no puede orientarse— ni a moralizar, ni a
configurar facciones partidistas, puesto que no es su función en el mundo de la
vida; no puede menos que alzarse, conmoverse, hacer visible, en fin,
fenomenologizar lo que se oculta bajo la naturalización y bajo las formas de lo
sobreentendido.
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